Ciudades

<< La patria es el orgullo de la ignorancia>>.  Anónimo.

Pocas cosas inventadas por el hombre me parecen más estúpidas que las fronteras. Líneas imaginarias diseñadas para separar, dando lugar a guerras, posibilitando artimañas legales y dando pie al florecimiento de conceptos como el patriotismo o el nacionalismo. Y me refiero a todo tipo de fronteras, las absurdas como la de Gibraltar o Melilla, las gratuitas como las creadas con paralelos y meridianos en África o Asia, e incluso las más “obvias” e “históricas”, basadas en Pirineos, Danubios y Rhines varios.

Pero reconozco que entre toda esta teoría, y pasando de sentimientos estúpidos lava-cerebros, lo vivido hasta ahora me obliga a crear una excepción: La ciudad. La ciudad, villa, pueblo, aldea, lo-que-sea.

Pese al empeño de muchos, veo que las cosas en común y las diferencias entre un individuo de Cuenca y uno de Girona, son prácticamente las mismas que entre un individuo de Girona y uno de Tarragona. Y prácticamente las mismas que entre cualquiera de estos y uno de Mönchengladbach. Sin embargo, entre dos individuos de una misma urbe, sea cual sea, existen una serie de vínculos fijos. Lugares por los que pasan a diario, caras que ven continuamente, hechos que viven todos sus habitantes de primera mano, bares, tiendas…

La vida de alguien de Ourense cambia tan poco y se conmueve tanto, cuando la catástrofe ferroviaria es en Santiago, en Atocha o, si me apuras y si no fuera por el comportamiento sesgado de los medios (importa más un muerto en España que cien en Siria) y a sobreexposición a ellos, en Nueva Delhi.

Ciudades. La historia las va englobando en territorios, países, naciones, ducados, regiones, cantones, autonomías… a base de espada y cañón, y sin embargo ellas siempre están ahí. Los países vienen y van. Prusia, Yugoslavia, Zaire, Checoslovaquia, URSS, Imperios como el Romano, el Persa… Pero París siempre estuvo ahí, bajo la Monarquía, bajo la República o bajo la Alemania de Hitler. La isla de Manhattan no se ha movido, pero ha “pertenecido” al pueblo Lenape, a los Países Bajos, a Inglaterra y ha sido incluso protagonista en la creación de un nuevo país. Nueva York será eterna. Todos esos países morirán. Ginebra ha estado, sin desplazarse de su orilla del Lac Léman, en Roma, Borgoña, Germania, Saboya, Francia, Suiza, e incluso ha sido tan independiente como la que más. Pero Ginebra siempre ha sido Ginebra. La llamasen como la llamasen. La llamen como la llamen. Jerusalén no es musulmana, ni judía, ni cristiana. Ni siquiera atea. Jerusalén es más vieja que todos esos inventos. Jerusalén tiene más vida que todos sus Dioses juntos. El Cairo va a seguir ahí, por mucho que se empeñen en tirar de cada una de sus extremidades en sentidos opuestos.

Sus gentes van cambiando. Las ciudades van ganando y perdiendo etiquetas. Las encierran en fronteras, las nombran “sedes”, las convierten a religiones… y, mientras aceptan calladas todo lo que ocurre a su alrededor, sus gentes siguen amándolas y odiándolas tanto como sus anteriores habitantes. Incluso cuando sus habitantes no acogen a unos nuevos inquilinos, las ciudades lo hacen. Cada habitante va dejando su huella en la ciudad mientras la ciudad deja la suya en él. Los países, como concepto, crean problemas en torno a ellos. Las ciudades soluciones. Las habrá más o menos bellas, más o menos activas, pero ninguna es mejor que otra. Siempre habrá quien sienta que esa ciudad es el mejor lugar para vivir del mundo. Sea Londres o sea Badajoz. Y quien no la sienta así, siempre podrá buscar aquella en la que sí lo haga.

Todos conocemos a alguien que viaja para ir tachando países de su lista. También gente que defendería su país frente a otro cualquiera con su vida. También otros cuyo mayor objetivo en la vida es establecer una línea con tiza entre el país en el que les han dicho que viven y aquel en el que ellos quieren vivir. Todos esclavos de las fronteras.

No soy geógrafo. Soy habitante. Expreso mi opinión basándome en lo observado, pero también en lo que siento. Y no encuentro dentro de mi mucho de español, de gallego o de castellano. Sin embargo, de momento, y sin ser excluyentes entre ellos, hay dentro de mi algo de ourensano, algo de salmantino, algo de genevoise, y estoy seguro de que, con el tiempo, habrá más “algos”. Con sus cosas buenas y malas. Viajaré buscando aquellos parajes naturales que me sobrecojan, y aquellas ciudades que me acojan y me hagan feliz, sin reparar entre que límites las tienen encerradas en ese momento. No lucharé bajo ninguna bandera, ni perderé mi tiempo en hacer que otra se alce donde ya había una anterior.

Algún día viviré en una granja en la isla de Australia a cientos de kilómetros de una ciudad. O en una casa aislada en los Alpes. Sólo con las personas a las que quiera. Me retiraré de ser ciudadano seguramente orgulloso de lo que cada una de las ciudades en las que viví me aportó. Tiraré mi pasaporte a la chimenea e intentaré olvidar las letras que lo llenaban y dejar que las fotografías sean la única prueba de mis recuerdos. Y dejaré que os sigáis volviendo locos pintando vuestros trazos imaginarios en los mapas.

city_lights_from_space_map_nasaFotografía de ©nasa

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El Acantilado

Hay una máquina del tiempo, un reloj parado, y una foto en la que ya no se distingue lo que alguna vez pudo haber en ella. Una imagen falsa, y un recuerdo claro compartido entre decenas de cabezas. La duda de si esta iba a ser de verdad la oportunidad, y la seguridad de que ser el típico imbécil que estropea todo en el peor de los momentos. El puto miedo a hacerse tan viejo que te dé tiempo antes de morirte de darte cuenta de que lo eres. El dolor de lo incomprensible, protegido por un muro de incompatibilidad. Yo quería, de verdad quería. Pero no puedo. La ignorancia está ganando por goleada, y no paramos de meternos goles en propia meta. Cada uno en la suya. Te vi hacerme un tatuaje sin tinta en el corazón, y no cerré los ojos ni un momento: Perdí el miedo a las agujas, y lo vi todo claro. Pero ahora sólo veo el abismo. Un acantilado sin fin. Y cada vez está todo más oscuro, el sol desaparece, impidiéndome ver lo que queda a mi espalda. Puedes agarrarme y que no me caiga. O puedes agarrarme y que caigamos los dos. O puedes no agarrarme. Pero mis piernas se doblan igual, y yo sólo puedo razonar para darme cuenta de que es la primera vez que no puedo controlarlas. El resto no atiende a razones. La razón ha desaparecido en el abanderado del raciocinio. Y ahora siento lo que es estar completamente desnudo y sin armas. Y sigue sin gustarme. Y nunca lo hará. Y acabo de darme cuenta de que lo que estaba parado era la máquina del tiempo, y que el reloj no se para ni a hostias. Y que ambos van a volar conmigo en el acantilado. Sólo queda un rayita de sol… no veo a escribir… me caigo…ImagenMoher Cliffs, County Clare, Irlanda.

Pirámides Naturales

De esto que no has creído nunca en ningún Dios, pero rezas, rezas para morir antes de darte cuenta de que no te queda ya nada por vivir. De esto que ves que la vida pasa lentamente día a día, y rápidamente año a año, hasta que te hace dudar que cual de esas dos unidades de tiempo dura más. De esto que eres feliz, te sientes lleno y especial. De esto que al día siguiente notas justamente lo contrario. Y vuelves a ver que un día puede ser mil veces más largo que otro día. O que siete. Pero mudo y absorto y de rodillas, como se blabla blabla blablablá. Cállate y bésame. Todos sabíamos que ese equilibrio en el que se consigue sobrevivir simultaneamente queriéndose a uno mismo más que a nadie sin quererse nada en absoluto, no iba a durar. Lo que no esperaba era que fuera este el extremo por el que se rompería ese equilibrio. Quizás es que no puede quererse a nadie que no sea esa persona a la que consideras perfecta. Quizás es imposible querer a alguien así. Quizás directamente esa persona no existe. Quizás, simplemente, es que no crees en ella. Yo no creo en ella. Yo no creo en nada. Ni en Dios. Ni rezo, era todo mentira. Bah, es imposible querer a alguien así. Vivirías en la envidia puta. Mucho mejor la vida de cerveza, partido en la tele, y dedos amarillos por encender cada cigarro con el anterior. Sin valorarte. Sin saber nunca lo que vales. Eres idiota porque vales tanto que te perdonaría cualquier cosa. Y ahora que sé cuanto vales, no me sale perdonarte que hayas pasado media vida regalando tu entrepierna sin darte cuenta que hay tesoros por los que hombres se han matado unos a otros que no valían ni la millonésima parte que tú. Y luego está ese jodido “y si”. Que os voy a contar yo de eso, queridos telespectadores. Y si tal. Y si cual. Enfrentando el miedo a lo que dejaste sin hacer con el miedo al arrepentimiento. ¡Claro que sí! ¡De puta madre! Por eso culpo a Dios de todo. Siempre he sido muy creyente. No sabéis lo que ayuda. La vida se ve mejor así. Y yo voy a ir al cielo. Salvo que me dé por matar al gilipollas que decidió que la vida se medía a base de exámenes. ¿No podías hacer que nos batiésemos en duelos a base de preguntas de Trivial, hijo de puta? Bueno mira, le perdono. A ese le perdono lo que sea. No le valoro nada. Ya le joderá la vida a él como nos jodió ella a nosotros aquella mañana que parecía no ser otra cosa que un día de playa más. Es el puto Karma. Yo no creo en esas mierdas. Ni en Dios. Ni en ti. Bueno en ti sí. Bueno no. No sé. Depende de si sale cara o cruz. O de si la forma geométrica tiene muchas caras. O de poner la moneda en la punta de una pirámide, y luego tener en cuenta por cual de las caras de la pirámide rodó, y si, una vez en el suelo, salió cara o cruz. Hay pirámides naturales. Lo que dudo es que haya algo más artificial que una moneda. Maldita sea, te dejo, he tenido otro Déjà vu. Perdóname.

ImagenFoto: Mont Cervin, Canton du Valais, Suiza.

El Fin De Semana De Tres Días (O El Porqué De Que Me La Sude La Extraña Historia Del Vecino Alemán Loco)

Escúchame, que por lo que se ve, dentro de unas semanas quizás desconecten el ordenador que maneja el mundo y haya un apagón y se siembre el caos. O algo así, no me he enterado muy bien, estaba muy fumado y son casi las seis de la mañana. También hay otros que directamente dicen que dentro de un mes se acabará el mundo. Menuda mierda, ¿eh? Con la cantidad de cosas que nos quedan por hacer. Tú que eres joven y yo que lo aparento.

Jugando con estos márgenes de tiempo, quizás no te vuelva a ver. Se ve que me jode, porque al escribirlo me ha dado un pinchazo por ahí dentro, y últimamente he dejado bastante de lado las grasas saturadas, así que no creo que sea un infarto. Me jode, porque yo he pagado por un billete de vida completa y me la quieren cortar sin haber cumplido los treinta, y encima dejándome sin repetir en la que se convirtió, de golpe, en mi atracción favorita: tú. Ha pasado como con los demás parques de atracciones, que molan, pero que al llegar la hora del cierre, te jode no poder seguir gozándolo como un canijo. Y yo quiero volver a montarme en la montaña rusa. Resulta que me ha encantado la jodida montaña rusa. Molt bonica ella.

La buena noticia es que, sean quienes sean los que cortan el grifo, no tienen tanto poder como se creen. Podrán matarme dentro de cinco minutos, pero ya hay una cosa que no pueden quitarme: Nadie podrá quitarme ese fin de semana que vivimos. Nuestro fin de semana de tres días. Que se jodan. Nadie podrá quitarme esos días en los que pasamos más horas de las que tiene el reloj en una cama. No podrán quitarme el haber conocido un lunes tan diferente al resto de los lunes, que deseaba que nunca acabase. ¡Un lunes! ¡Estáis oyendo eso, resto de humanos! Casi ninguno lo habéis vivido, y yo sí. Y no podéis quitarmelo. JÁ.

Bueno, pues eso. Que a lo mejor hay un apagón. Que por lo que se ve hay que comprar latas de comida y velas. Pero yo paso. Ya sabes que comer no pasa por ser una de mis necesidades primarias, y si no es para verte, paso de luz. Todo lo que quiero ver, ahora lo puedo ver a oscuras. Tan sólo tengo que recordar nuestro fin de semana. Y ese privilegio ya es mío para siempre.

ImageFoto: Simulacro de apagón en mi habitación, Salamanca, España.

¿Amor?

— ¡Calla! ¡Qué sabrás tú del amor, no eres más que un músico que toca los miércoles de madrugada en un bar vacío!

Pues eso. Que no sé nada. Que pensaba que el amor era eso a lo que jugabas con esa chica que conocías a los 15 años y con la que estabas el resto de tu vida. Y la vida, de una hostia, me quitó esa estúpida e infantil idea. Eso sólo era el guión de una película de las malas.

Así que pensé que el amor sería esa cosa que surgía con una chica una noche, y desaparecía por la mañana. Pero eso sólo era metadona.

Así que pensé que el amor no existía. Pero eso era una mierda.

Así que dejé de pensar. Y eso, en un capullo racional como yo, es algo jodido. Empiezan a pasar cosas como que empieces a entender que hay amor en niñas gritando por ver a Justin Bieber en la tele. Aunque no tenga ningún puto sentido. Empiezas a ver amor en la mirada de un colega hablando de la protagonista del libro que está leyendo. Empiezas a ver amor en una chica de A Coruña y un señor de Pekin que se han conocido por internet.

Empiezas a ver amor en aquello de tu chica de los 15 años, en aquellas poquitas que fuiste capaz de llevarte a la cama una noche, y hasta en aquella falta de fe en el amor.

Y claro, se te va de las manos. Y empiezas a ver amor en un antidisturbios pegándole porrazos a un perroflauta, en las canciones de Alejandro Sanz y en las portadas de La Razón. ¡Yo que sé, amarán a su país o algo! Y eso, que te conviertes en un imbécil que escribe mierdas edulcoradas de tales niveles que en cuanto te leen, la gente empieza a vomitar rosas.

Y entonces ya no sabes distinguir el amor del no amor. Y entonces te das cuenta de que no quieres ni siquiera escribir sobre ello, y que alguien te está obligando a ello. Y entonces te das cuenta de que da igual definirlo o no. Y entonces te das cuenta de que esta mierda no entiende de extremos. Que no existe el maldito amor absoluto, ni tampoco la falta absoluta de amor.

Y un instante después de escribir esa frase, te das cuenta de que, si aprendes de la experiencia, esa conclusión también será erronea, y lo más probable es que en poco tiempo te des cuenta de que sí existe el amor absoluto, y la falta absoluta de amor.

Y mientras tanto te paras a pensar en que llevas meses, incluso años, sin sentir lo que tú crees que es el amor. Y que, sin embargo, es altamente probable que estés sintiéndolo cada maldito día, en mayor o menor medida, en miradas, en gestos, en palabras, en todo, en nada.

En desayunar acompañado, en que te den las gracias al darte el cambio en el super, en que te den una patada en los huevos si te la mereces, en estar de charla hasta que nos den las seis de la mañana…

Aunque claro. Nada de todo esto es ESE amor. ¿O acaso sí?

Quizás amor sea que no leas esto. Quizás amor es que lo leas.

Silencio. Te das cuenta de que no tienes ni puta idea de qué coño estás escribiendo. Y piensas, “Joder, esto tiene que ser amor”. Pero no. O sí. O no. No sé. No sé nada. Sólo soy un puñetero compositor que no compone, o un estudiante que no estudia, o un tipo enamorado, o yo que sé.Image Foto: Château de Chillon, Montreux, Suiza.

El Amor en los Tiempos de Mierda.

Aquel día yo no tenía pensado enamorarme. Nadie habría pensado que en un lugar como ese, y en un momento como era aquel, enamorarse fuese una de las opciones. Las instrucciones del día eran claras: “Desayuna, cumple con tus obligaciones las 14 horas correspondientes, cena, y vete a dormir, que mañana te espera un día exactamente igual al de hoy”. El que solía ser el mejor momento del día, aquel desayuno compuesto por unas cantidades similares de bollería industrial y pastillas, apenas pude disfrutarlo: Pese a que estaba acostumbrado a las duchas frías de cada mañana, aquel día de Enero la calefacción estaba estropeada, y al llegar a la cocina recien vestido con el uniforme del trabajo, mi cuerpo temblaba sin ningún control.

Las primeras horas de la jornada, pasaron más o menos rápido, pero tras 3 horas y algo, mis ojos empezaron a ponerse rojos, y vi como crecía segundo a segundo esa sensación de cansancio previa a quedarse completamente dormido, así que decidí que era el momento para gastar el primero de los tres permisos para ir al baño.

Y entonces, en aquel camino hacia los sucios lavabos, vi, entre las demás cabezas de la oficina, tu cara, con uno de esos gestos que llevaba años sin ver: Una sonrisa. Una preciosa y sincera sonrisa, de las grandes, de las sentidas. Y acto seguido, miles de imágenes pasaron por mi cabeza: Nos vi en un parque, rodando por la hierba, riéndonos los dos. Nos vi cenando en Praga. Nos vi desnudos, en un colchón tirado en medio de una casa sin muebles. Nos vi con un niño de las manos, paseando por el río un día soleado. Nos vi besándonos en una playa vacía. Nos vi bailando encima de una mesa. Nos vi mirándonos sin decir nada.

Y cuando ya estaba pensando en lo imbécil que era por creerme aquellas fantasías, por seguir dándole crédito a mis sueños de que la vida era más que aquella basura, levantáste la cabeza y nuestras miradas se cruzaron, y entonces sí que lo vi claramente, y entonces sí que me lo creí: Nos vi discutiendo en un salón invadido por cientos de papeles. Nos vi llorando en un coche. Nos vi alrededor de la cama de un hospital con nuestro niño dormido en ella. Nos vi pelearnos por la calle. Vi como te abrazaba mientras llorabas desconosolada a los pies de una tumba. Nos vi envejecidos por las hostias de la vida. Nos vi juntos pese a todo. Y entonces sí que supe que aquello que sentí era real. Y que la vida era una basura, sí, pero que sería mucho mejor viendo tu sonrisa algunas veces, y secándote las lágrimas otras

Foto: Orillas del Danubio, Budapest, Hungría.

Pacto con el Mar.

El objetivo era ese. Dejar la mente en blanco, mirar hacia el infinito y disfrutar. Parecía imposible para alguien como tú, incapaz de dejar de darle vueltas a la cabeza. Pero lo único que deseabas desde hacía semanas era ese momento para ti. Por eso te habías hecho más de cuatrocientos kilómetros. Por llegar allí, asomarte a ese acantilado, y sentarte a ver una de esas puestas de sol que te demostrase que no todo era una mierda. Qué todo puede cambiar.

Una chaquetilla, negra, con capucha, bastante sucia, te quitaba el poco frío que traía la tenue brisa del mar, tan tenue que ni siquiera habías necesitado abrochar la cremallera. Y esa canción no paró de sonar ni un minuto desde que te sentaste en la hierba hasta que te fuiste. No había ningún aparato reproduciendo música, ni ninguno de esos críos sin camiseta que solían tocar la guitarra, abajo, en la orilla, intentando impresionar a las chicas de alrededor; no te hacía falta. La tenías dentro de la cabeza tan relacionada a este momento, que nada más sentarte, tu cerebro comenzó a hacerla sonar, sabiendo que esa era la banda sonora que necesitaba ese momento.

En una mano, una moneda, de cinco francos suizos, pasaba de un dedo a otro con una naturalidad tal, que mostraba que ese jueguecito había sido tu pasatiempos durante muchas horas. En la otra, una botella de licor café.

Nadie alrededor. Ningún ruido, salvo el graznido puntual de alguna gaviota, y el estremecedor sonido de las olas allí abajo rompiendo contra las rocas, que se mezclaba perfectamente con la música que no dejabas de oír. El olor a mar se te clavaba al respirar, haciendo que te picase un poco la garganta, recordándote a esos instantes anteriores a romper a llorar, cuando intentas evitar que se salten las lágrimas pese a saber que ya no hay vuelta atrás. Sin embargo, la brisa en las mejillas te apaciguaba de tal forma que sabías que estabas muy lejos de echarte a llorar. A cada trago de la botella, el picor de tu garganta desaparecía un poco más, aplastado por aquel sabor dulzón.

El sol había descendido ya tanto, que dejaba claro que a aquel día tan sólo le quedaban unos minutos de vida; a medida que se acercaba más a la linea, ahora casi indistinguible, que separa el cielo del mar, fue transformando los colores de todo el paisaje: La superficie del agua pasó a tener un color marrón, oscuro, como dibujado sobre una superficie irregular que contrastaba con la pulida imagen que ofrecía el cielo, que se había teñido de naranja, y que tan sólo se veía quebrado por alguna nube dispersa, situada ya en un plano superior al que mostraba el sol, que amenazaba con empezar a esconderse ya.

La presencia de un barco solitario parecía un guiño, una representación en alta mar de tu soledad en tierra firme.

Y allí estabas tú. Sabiendo que tu vida a partir de aquel día iba a ser totalmente distinta a la que había sido antes. Y firmando un contrato con el mar, de tal modo que no hubiera vuelta atrás. La caída del sol selló el pacto, pero no te dio miedo. Al contrario, viste la última rendija de sol desaparecer y sonreíste. Te levantaste muy despacio, y le diste la espalda al mar: Aquella puesta de sol, fue el comienzo. O al menos, un nuevo comienzo.ImageFoto: Alto das Cíes, Islas Cíes, Galicia.